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EL CIELO
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La Divinidad del Señor hace el Cielo

7. Los ángeles en conjunto se llaman cielo, porque ellos lo constituyen; pero lo Divino que continuamente procede del Señor, y que influye en los ángeles y es recibido por ellos es no obstante lo que constituye el cielo en su generalidad y en sus detalles. Lo Divino que procede del Señor es el bien del amor y la verdad de la fe; tanto como los ángeles reciben del Señor el bien y la verdad, tanto son ángeles y cielo.

8. Cada uno en el cielo sabe, cree y percibe que nada de bueno quiere ni hace por sí mismo, y que ninguna verdad piensa ni cree de y por sí mismo sino de lo Divino, es decir, del Señor; y que el bien y la verdad que de ellos proceden ni son bien ni verdad, porque no hay en ellos vida de lo Divino. Los ángeles del íntimo cielo también perciben y sienten distintamente el influjo, y cuanto reciben, tanto se sienten estar en el cielo, porque tanto como están en el amor y en la fe tanto están en la luz de la inteligencia y de la sabiduría, y por ello, en goce celestial: puesto que todas estas cosas proceden de lo Divino del Señor, y que en ellas está el cielo para los ángeles, es claro que lo Divino del Señor hace el cielo, y no los ángeles por cosa alguna propia de ellos. De allí viene que el cielo en el Verbo se llama la "Habitación" del Señor y también "Su Trono," y que se dice de los que están allí que "están en el Señor." Pero de qué modo lo Divino procede del Señor y llena el cielo será dicho más adelante.

9. Los ángeles por su sabiduría van aun más lejos; dicen que procede del Señor no tan sólo todo bien y toda verdad, sino también todo cuanto a la vida pertenece. Confirmado por esto, de que nada puede originar de y por sí mismo, sino de un anterior, sea que todas las cosas provienen de un Primero, al que llaman el Ser mismo (Essé) de la vida de todos, y que de la misma manera subsisten las cosas; puesto que la subsistencia es perpetua existencia, y lo que no es mantenido en continua comunicación con lo Primero, mediante cosas intermediarias, es inmediatamente disuelto y completamente disipado. Sostienen además que hay tan sólo una fuente de vida, y que la vida del hombre es una emanación de ella, la cual si no subsistiese continuamente por su fuente, se secaría inmediatamente. Además que de esta única fuente, que es el Señor, proceden únicamente el Divino bien y la Divina verdad, y que estos afectan a cada uno conforme sean recibidos; que en aquéllos que los reciben en la fe y en su vida está el cielo; pero que aquellos que los rechazan o sofocan los convierten en infierno, transformando el bien en mal y la verdad en mentira, convirtiendo por consiguiente la vida en muerte. Que todo cuanto pertenece a la vida procede del Señor lo confirman también por el hecho de que todas las cosas en el universo se refieren al bien y a la verdad; al bien, la vida de la voluntad del hombre, la cual es su vida de amor, y a la verdad, la vida intelectual del hombre, la cual es su vida de fe, por lo cual, puesto que todo bien y toda verdad vienen de arriba, resulta que todo cuanto pertenece a la vida también viene de allí. Por creer así los ángeles renuncian a todo agradecimiento por el bien que hacen: se disgustan y se retiran si alguien atribuye el bien a ellos. Se asombran de que alguien crea que sea sabio o que haga el bien por propia virtud; obrar el bien en beneficio propio, no llaman bien, puesto que viene de lo propio; pero obrar el bien por amor al bien llaman bien de lo Divino, y (dicen) que este bien es el bien que hace el cielo, puesto que este bien es el Señor.

10. Los espíritus que mientras vivían en el mundo se confirmaron en la creencia de que el bien que hacen y la verdad que creen son de ellos mismos, o que les son apropiados como suyos, en cuya creencia están aquellos que consideran que las buenas obras son meritorias y que reclaman justicia, no son recibidos en el cielo. Los ángeles los huyen; los consideran estúpidos y ladrones; estúpidos, porque siempre miran hacia sí mismos y no hacia lo. Divino; y ladrones porque roban del Señor lo que es Suyo. Estos se oponen a la fe del cielo, que lo Divino del Señor hace el cielo.

11. Que los que están en el cielo y en la iglesia están en el Señor y el Señor en ellos, enseña también Él, diciendo:

Permaneced en Mí y Yo en vosotros; como el pámpano no puede llevar fruto de sí mismo sí no estuviera en la vid, así ni vosotros si no estuvierais en Mí. Yo soy la vid y vosotros los pámpanos; él que está en Mí y Yo en él este lleva mucho fruto, porque sin Mí nada podéis hacer (Juan 15: 4, 5).

12. Por todo esto puede ahora constar que el Señor habita en lo Suyo en los ángeles del cielo y que así el Señor es todo en todos en el cielo, y esto por la razón de que el bien del Señor es el Señor en ellos, porque lo que es de Él es Él Mismo; por consiguiente que el bien del Señor es el cielo para los ángeles y no cosa alguna propia de ellos.

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El capítulo previo  [1] §§ 2—6 El Dios del Cielo es el Señor